No es que yo tenga un cuerpo perfecto.
Desde luego no soy un “chico 10”, pero lo
cierto es que tengo bastante éxito con las mujeres;
no sé, quizás se pueda decir que soy atractivo.
De cualquier forma, si me propongo salir una noche por
ahí y acostarme con una mujer conocida o desconocida,
lo consigo sin gran esfuerzo. Ese día en concreto,
un viernes por la noche, fui a mi garito habitual. Yo
estaba poco animado ya que la jornada laboral había
sido algo complicada y lo único que pretendía
era tomar un par de copas. Me senté en la barra
a beber y charlar con un amigo. Al rato entraron en el
local tres chicas desconocidas que, por supuesto, no eran
clientas habituales. Las tres eran muy atractivas, pero
una de ellas destacaba enigmáticamente. Tenía
un cuerpo exquisito; su vestido ajustado de minifalda
permitía admirar sus perfectas curvas, especialmente
sus jugosos pechos y su estrecha cintura. Pero tenía
algo más, algo indefinido... quizás fuese
su mirada profunda e hipnótica. Sea como fuere,
lo cierto es que su visión me sacó del aletargamiento
en el que me encontraba y decidí que esa noche
intentaría algo más que tomar un par de
copas. Comencé a posar mi mirada sobre ella sin
ningún disimulo y al cabo de un rato, se percató
de la situación. Sus ojos también se clavaron
en mí; nos estábamos cruzando insinuaciones,
observándonos y al final, deseándonos. Pasados
unos minutos ella se separó inesperadamente de
sus amigas y, sin quitarme la vista de encima, se dirigió
a la puerta de salida. De inmediato salté como
un resorte y la seguí. Estaba esperándome
en la calle, en postura algo insinuante.
- Me llamo Sofía, ¿y tú?
- Rubén – contesté - No te conozco;
no sueles venir por aquí
- Es la primera vez que vengo. Me gusta moverme mucho
por la ciudad y probar diversos ambientes - dijo ella
enigmáticamente.
- Ya. Bueno, ¿damos una vuelta?
- ¿A tu casa?
Me quedé un poco sorprendido por la rapidez de
los acontecimientos.
- Sí, claro. Vivo cerca - acerté a decir.
Nos dirigimos a un barrio moderno donde se encontraba
mi piso. La verdad es que yo marchaba bien económicamente.
Soy soltero y mi sueldo es más que aceptable, así
que mi piso está en una zona decente y es espacioso
y bien amueblado. Abrí la puerta y entramos.
- ¿Quieres tomar algo?
- Sólo tu polla.
Volví a sorprenderme por lo realmente acelerado
que iba todo, pero desde luego, no me resistí.
Ella me agarró de la nuca y acercó mi boca
a la suya. Literalmente enroscó su lengua con la
mía, haciéndola reptar como una serpiente.
Su saliva se mezclaba con la mía de forma salvaje.
De vez en cuando separaba sus labios de los míos
y un hilillo de saliva quedaba colgando entre ambos.
- Saca la puta lengua y ponla de punta - me ordenó.
Obedecí. La rodeó con sus labios y empezó
a “mamar” mi lengua, acompasando los movimientos
con los de su mano que me tenía agarrado el pelo
de la nuca, moviendo mi cabeza de atrás hacia delante.
De repente paró, separo su rostro del mío
y me dijo:
- ¿Te gusta? Pues imagínate lo que puedo
hacer con tu polla.
Sonrió maliciosamente y de nuevo me besó
mientras me sobaba el culo, aunque mejor sería
decir, mientras me amasaba el culo. Yo, por mi parte,
ante tal intimidación intenté llevar la
iniciativa y comencé a besar su cuello y a sobar
sus tetas. Estaba disfrutando de un cuerpo perfecto. Ella
me magreaba el pene con auténtica furia y mis pantalones
no eran capaces de disimular mínimamente la más
tremenda erección que había tenido en mi
vida. La abracé con fuerza y me agaché ligeramente
para cogerla del culo y a horcajadas llevarla a la cama...
fue entonces cuando lo noté. En esa posición
noté un enorme bulto que apretaba mi estómago.
La bajé al suelo y me fijé en su entrepierna:
una barra de carne se marcaba en su ceñido traje.
- ¡Joder! ¡Pero si eres un travesti! - dije
entre sorprendido y asustado.
- ¡Cállate cabrón! - dijo.
Me agarró la cabeza he hizo que me agachara a
la altura de su vientre. Sus brazos eran los de una mujer,
pero tenían la fuerza de un hombre. En otras circunstancias
(si enfrente hubiese tenido un hombre de verdad), me hubiese
revelado, pero me encontraba en un estado de profundo
asombro, curiosidad y, porque negarlo, de extraña
excitación. Lo cierto es que consciente o inconscientemente,
me dejé hacer. Sofía se remangó la
minifalda de su ajustado vestido; su tranca saltó
como un resorte. Era enorme: había escapado por
uno de los lados de su minúsculo tanga negro. No
tenía ni un pelo, estaba completamente rasurada,
con unos huevos enormes y relucientes.
- Huélelo - ordenó apuntando la polla hacia
mi cara.
Lo olí. Olía a hombre en cuerpo de mujer,
olía a excitación, olía a deseo,
olía a humedad ácida... olía a gloria.
- ¡Lámelo, cerdo!
Como hipnotizado, sin ser dueño de mis actos,
lo hice. Le pegué un tímido lengüetazo,
pero suficiente como para paladear su gusto. Entonces
me di cuenta de lo que en realidad había en mi
mente: el hipnotismo, la sumisión y la debilidad
dieron paso al deseo en estado puro. Un solo lengüetazo
sirvió para demostrarme que lo que yo deseaba era
hacer correrse esa polla que tenía delante de mis
morros. Sin dudar, metí en mi boca toda la longitud
que pude de ese enorme falo. Jamás había
chupado un pene, pero quizás algo instintivo me
decía cómo hacerlo, así que comencé
a lamer su miembro con auténtico deseo. Ello no
debió ser suficiente para Sofía, ya que
me cogió de la cabeza y empezó un rápido
vaivén de sus caderas hundiéndome la polla
hasta la garganta. Estaba medio asfixiado, pero por nada
en el mundo quería yo rechazar esa descomunal tranca.
Deseaba que se corriera en mi boca, así que intentaba
sorber su glande como quien mama de una teta.
- Así, cabrón... así. ¡Chupa
fuerte, cerdo! - me decía.
Yo obedecía. Su polla entraba y salía de
mi boca a una velocidad increíble; en la comisura
de mis labios se había formado una compacta espuma
compuesta de mi saliva y sus fluidos. Su polla era la
cosa más sabrosa que había probado en toda
mi vida. De repente, paró sus caderas y me tiró
hacía atrás del cabello, obligándome
a mirarla.
- ¡Abre la boca, puerco! - ordenó.
La miré con curiosidad e incertidumbre, obedeciendo
expectante. Se agachó ligeramente y escupió
en mi boca.
- Vamos, sigue mamándola; ahora resbalará
mejor. ¡Ja, ja, ja!
Así estuvimos un largo rato. La muy zorra no se
corría a pesar de que yo ponía todo mi empeño
en conseguir que soltase su leche. Al cabo de unos minutos
volvió a tirar de mi cabello y separó mi
cara de su miembro.
- Ahora me vas a lamer bien lamida.
Se acostó en la cama boca arriba y levantó
sus piernas, ofreciéndome su polla, huevos y culo.
Esa visión hizo que mi pene se pusiera aún
más duro dentro de mis pantalones.
- Chupa mis testículos, hijo puta.
Me acerqué andando a cuatro patas hasta poner
mi cara a la altura de sus huevos. Los lamí, los
chupé; jugué con ellos, los sorbí,
los embadurné con mi saliva y los lubrifiqué
de tal manera que si me hubiese metido la polla en mi
culo, habrían entrado también. Instintivamente,
bajé mi lengua hacia su ano. Me detuve unos segundos
a lamer la base de sus testículos y desde allí
pude ver como su atractivo esfínter se contraía
y se relajaba como intentando llamar mi atención.
Aquello desprendía un olor dulzón e hipnótico.
No lo dudé un instante y recorrí con intenso
lametón el orificio de su culo. Ella gimió
levemente.
- Uuufff... siii... uuummm...
Otro lametón tras otro y sus gemidos aumentaron
en número y en intensidad. Entonces decidí
meter mi lengua en aquel resbaladizo y cálido agujero.
Evidentemente, a estas alturas ya me daba lo mismo si
lo que tenía delante era una mujer o un travestí.
Es más, creo que estaba encantado con el hecho
de que fuera un travestí. Sofía comenzó
a mover sus caderas de una forma salvaje e infatigable
a la vez que yo introducía la lengua en su esfínter.
Ella estaba como poseída. Yo agarraba sus muslos
con las dos manos mientras todos los músculos de
mi cuello y de mi boca trabajaban al máximo para
dar impulso a mi lengua, que jugueteaba como una serpiente
con los pliegues de su agujero.
- Asi... cabronazo... más adentro... dame gusto...
más... - chillaba incontroladamente
Estaba claro que sólo con mi lengua no conseguiría
que se corriera, así que rápidamente lamí
mi dedo corazón y se lo introduje sin miramientos
hasta el nudillo. Nada, no encontré ni la más
mínima resistencia. Agitando mi mano, comencé
un rápido metesaca, pero era obvio que su ano necesitaba
mayor atención. Metí otro dedo y luego otro
más, de tal manera que mis tres dedos centrales
estaban entrando y saliendo en su culo. Pero aún
así no era suficiente. Utilicé el que creí
era el último recurso: mi dedo meñique.
Ella se retorcía de placer mientras, a excepción
del pulgar, metía y sacaba todos los dedos.
- Más... necesito mucho más... puerco.
Quedó claro lo que quería, así que
sin miramientos le introduje toda mi mano. Cerré
mis dedos y comencé un frenético vaivén
con mi puño dentro de su culo. El chapoteo era
increíble; puño y medio antebrazo entraban
y salían de su intestino sin ningún tipo
de dificultad. Los jugos, la lubricación de su
ano, mi saliva, nuestro sudor, el intenso chapoteo...
todo era sexo húmedo y resbaladizo en su máxima
expresión. Los movimientos de su cadera eran endiablados
e increíblemente rápidos. Podía notar
como su esfínter se cerraba de manera salvaje cuando
yo llegaba al tope de su culo con el puño. En la
sábana ya había manchas de casi todos los
fluidos imaginables. Ambos aceleramos al máximo
nuestros movimientos de tal forma que no me daba tiempo
a ver mi muñeca. Al cabo de unos minutos, sin previo
aviso, la situación reventó por donde tenía
que reventar: Sofía arqueó su espalda y
de su tranca comenzaron a salir chorretones de espesa
leche. Aquello era indescriptible; borbotones y borbotones
de lefa que caían en su pecho, en su cara, en su
pelo, en la almohada... Uno de esos goterones fue a caer
en su boca de tal manera que se lo tragó, sacando
luego su lengua y pasándola por la comisura de
sus labios en busca de más esperma que saborear.
Más de una docena de chorretones salieron de su
descomunal polla; hasta sus cojones parecían haberse
deshinchado.
- Uuufff... que cerdo y que cabrón que eres...
Has hecho que me corra...
Aquel espectáculo hizo que yo perdiese la noción
de todo lo que me rodeaba y llenó mi mente de auténtica
lujuria. Mi polla estaba a reventar. Allí estaba
yo, tumbado boca arriba, arqueando mi espalda, moviendo
mis caderas y convulsionando mi bajo vientre... corriéndome
en los calzoncillos y pantalones que aún no me
había quitado. Fueron momentos de placer infinito.
La foto era elocuente: encima de la cama el travestí
más bello del universo desnudo, con su descomunal
y ya flácida polla descansando sobre su vientre;
el cabello lleno de gotas de semen; la almohada manchada
y el cuerpo embadurnado de lefa, resbalando por su cuerpo
sudado, entre sus pechos, su estómago y sus labios,
exhausta. En el suelo, mi cuerpo desfallecido por el placer,
jadeando del cansancio y del éxtasis, con una enorme
mancha en la entrepierna de mi pantalón. Así
permanecimos unos minutos que a mí me parecieron
una eternidad. De repente, Sofía saltó de
la cama y, con una soltura tremenda, me desnudó.
Ella era infatigable. Me colocó a cuatro patas
y empujó. Pude sentir como aquella inconmensurable
vara me rompía el culo sin piedad. No me resistí.
Noté como los jugos que acumulaba en sus tetas
y estómago resbalaban por mi espalda. Entonces,
en medio del placer indescriptible que sentía,
tuve dos pensamientos fugaces: uno; todo aquello era el
máximo nivel de lujuria y desenfreno que yo podía
alcanzar. Dos; me sentía afortunado porque el ser
más bello que puede existir sobre la faz de la
tierra (es decir, un perfecto rostro y cuerpo de mujer
pegado a un excepcional pene) me estaba empalando sin
miramientos. Y aquello, no lo voy a negar, me gustaba.
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